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3 de septiembre de 2011

V.I.P TRILEROS ZONE

                              LA GRAN ESTAFA

Las últimas noticias que saltaron a la palestra y que pusieron en el punto de mira de la opinión pública a las empresas farmaceuticas sobre las distintas competencias de medicamentos genéricos, hace pensar de nuevo
en la vieja supuesta trama que siempre ha generado acuerdos gubernamentales con dichas multinacionales,
en la mayoría de los casos.

Casos como el Tamiflú, el "grandioso" fármaco que combatió la Gripe A saliendo al mercado de un modo trepidante, con  los derechos de producción y distribución adquiridos por Houffmann-La Roche, poniendo contra las cuerdas a gobiernos de todo el mundo y a la propia OMS.
Ventas a gran escala para acabar con "la gran pandemia", recuerdan que cada cierto tiempo se repite la historia, con cualquier gripe, ya se denomine porcina, aviar, vacas locas, caballos desbocados, pájaros cabreados, peces alcohólicos, verduras descerebradas o minerales embrutecidos.


 Ya no importa cuanto aguante el planeta mientras uno se asegure cincuenta o sesenta años de paseos en yate. Los daños colaterales siempre tienen que existir para lograr el  control.


No hace demasiado tiempo dí cuenta de un par de novelas en los que el tema de fondo coincidía, siendo este, el ansiado afán por conseguir la curación del cáncer. Vázquez Figueroa lo retrataba a modo de ficción, siendo el diablo un protagonista más (El señor de las tinieblas) de la historia, haciendo ver a un investigador
médico que todo bien y todo mal tiene su remedio natural. Por otro lado Mary H. Clark incide de forma total en las estrategias diseñadas por las farmaceuticas para conseguir cualquier cosa, en este caso, el medicamento definitivo (La fuerza del engaño).

Al fin, la salud es una fuente más de la que poder lucrase
con el beneplácito de los Gobiernos en una situación en
la que todo vale, con la correspondiente justificación en
"el marco de la más absoluta responsabilidad con sus
conciudadanos", viendo por televisión las caras de los
ministros que no expresan más que un títere y un profundo
desconocimiento de la cuestión de turno.
Hace ya muchos años que sabemos que el poder de una
nación en democracia no reside en el pueblo ni en sus
gobernantes, y la tendencia unificadora no es más que el
producto de negociaciones para que el rebaño no se
descarríe les vaya a chafar el negocio.