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12 de diciembre de 2012

La Fábrica

-¡Llega el relevo, hora de cenar! -gritó Matthias.
Aquel día resultó ser especialmente agotador. Las cinco semanas que Hans llevaba en aquel destino, comenzaban a derivar toda su fascinación hacia la causa en una lucha interna sobre su modo de proceder al acatar las consignas de sus superiores. Algo hacía que su propio entendimiento sobre la vida maltratara su conciencia, pero a su llegada, sus nuevos compañeros, ya le habian advertido acerca de lo de pensar demasiado en ello , habia que  limitarse a cumplir con su incomparable cometido, pues al igual que ellos, eran los elegidos, y por lo tanto, unos privilegiados.
En los últimos dias solo se hablaba de lo duro que resultaba ser el invierno en aquel lugar, aunque solo unos pocos podian corroborarlo. Lo habitual era servir en un mismo destino no más de ocho meses, sin embargo, algunos llevaban allí casi dos años, y curiosamente a petición propia, -Mejor lo malo conocido- , solian decir acompañado de una amarga sonrisa.
El cercano otoño traía consigo su vigesimo primer cumpleaños y, salvo un golpe de fortuna, todo apuntaba a que iba a celebrarlo allí, a mil doscientos kilometros de su casa, de su familia, de Stella, su novia de toda la vida, aunque a decir verdad, esa situación era consecuencia de unas circunstancias demasiado importantes para él y los suyos, habia sido adecuadamente instruido para cualquier eventualidad mucho más significativa que cualquier pequeña reunión familiar.
Su grupo, como el de tantos otros en el recinto, se componía de doce hombres minuciosamente seleccionados. Allí todo se dirigía de forma rigurosa, la precisión de toda tarea era calculada o al menos así venía observándolo, sin embargo tenía ciertos recelos en lo que concernía a sus inmediatos superiores, no obstante, aquella sensación al menos de momento, no era de su incumbencia.
-Mañana, a primera hora, llega el envío semanal, se acumula el trabajo- observó Peter mientras nos sentabamos a la mesa.
-Esto empieza a requerir nuevos operarios, los kapos llevan casi los cuatro meses y pronto serán reemplazados, esos pobres diablos aún creen en la suerte infinita -dijo Hermman con sorna-, ya van haciendo suya la causa.
-Esos no me dan ninguna lástima - agregó Francis.
Francis y Hans llegaron en el mismo contingente. Recibieron juntos la formación y entablaron una amistad que se venia reforzando a medida que pasaban los días. Ambos parecían coincidir en que todo aquello no era lo esperado pero aun asi, ninguno se atrevía a sincerarse sobre lo que venía aconteciendo, sobre si aquello que desempeñaban dia tras dia era lo correcto. Los dos sabian que, al igual que muchos, tenian miedo de ser señalados como incapaces, indignos de su condición. ¿Podían elegir? ¿Debían elegir? ¿Quizá era ya demasiado tarde? Evidentemente si, lo era. Ya no había vuelta atrás.
El rocío de la mañana se entremezclaba en la hojarasca, y allí afuera, al otro lado, el grupo de trabajo formaba a la espera. Las habituales siete horas de descanso iban menguando debido a lo dificil que resultaba conciliar el sueño y ello, unido a la presión de las órdenes y las condiciones en las que habia que ejecutarlas, comenzaba a hacer mella. De pronto, lo lejos ya se podía visualizar el tren que estaban esperando. Comenzaba otro día de árdua tarea, mas, novedosa para Hans y Peter. Para ellos era su bautismo de fuego, habian de afrontar en persona aquello de lo que tanto habian oído hablar: descargar la mercancía y depositarla en su lugar con la metódica organización acostumbrada en La Fabrica.

Aquel siniestro ferrocarril llegaba a su destino entre el estruendoso chirrido de los frenos y el insoportable olor a combustión de carbón. No menos de treinta vagones practicamente sellados albergaban a sus aterrorizados pasajeros, los perros de las formaciones en espera, convenientemente adiestrados, comenzaron a ladrar enrabietados, los oficiales comenzaron a arengar a los kapos para oficiar su labor y estos, se dispusieron rápidamente a abrir cada vagón. Despuntaba el sol en el horizonte cuando los recien llegados se dirigían escoltados hacia su nueva ubicación en el campo. Se habian habilitado ya los barracones y tras su última desposesión de equipaje y vestimenta en las salas de desinfección, fueron conducidos a las duchas. Hans y Francis supieron que esta vez, aquellos barracones no iban a ser utilizados. Allí, aquella mañana, definitivamente no había vuelta atrás para nadie.





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