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18 de mayo de 2016

...DESALIENTO


La luz nueva penetró por la única ventana del apartamento mostrando el apagado cigarrillo enredado entre sus finos y temblorosos dedos mientras el viento de Miles hacía rato que dejó de girar en el estéreo. Alice se había quedado dormida después de una noche infame, el plan se fue al traste sin más, sin culpables ni rencores, una decepción más en la mochila de las tristezas, y siempre los mismos argumentos para justificarse ante su conciencia. El delgado cuerpo de bailarina de Alice quedaba enredado del mismo modo  entre las arrugadas sábanas, inmóvil, casi inerte, entretanto, la ciudad despertaba al otro lado, tan cerca y tan lejos, tan accesible como violenta, tan sugerente como despectiva hacia los inadaptados como ella. El  regreso a Port Arthur, Texas presentaba evidencias, presagiaba su proximidad más de lo esperado, pero ahora solo quería dormir, no pensar pues no era el momento, demasiado alcohol en las venas para mortificarse gratuitamente. La octava planta del 52 de la calle 8 oeste de Nueva York, en Greenwitch Village, se había convertido en una celda durante las últimas semanas. Nick se encargó de todo el asunto con el alquiler,  las últimas clases de danza antes del verano eran las peores y debía estar concentrada para las pruebas calificadoras, pero eso tampoco ahora  importaba, Nick desapareció de su vida como por arte de magia y, sin rastro de él durante los dos últimos días, el monólogo nocturno terminó con el desmembramiento mental al que contribuyen mil cigarrillos y una botella de vodka.
Cortinas corridas que dejaron ver las estrellas del cielo americano hacía pocas horas, pasaron a delatar el polvo acumulado sobre los viejos muebles baratos de aquel cuadrilátero unipersonal.
Conoció a Nick en Queens, en una de esas barbacoas de domingo que organizan los agentes de policía, Christine le pidió que la acompañase, y simplemente se dejó llevar a modo de distracción, y entonces apareció el sargento Nicholas Turner con su irresistible presencia. Habían pasado casi cinco meses de aquello, cinco meses en los que todas las situaciones posibles tuvieron cabida, no fue un romance, ni siquiera un flirteo: un despropósito en toda regla.
Las sirenas de la urgencia penetraban a través de los cristales. Tan incesante estruendo hizo que Alice se revolviera  sobre sí buscando el inútil acomodo de su incipiente malestar, pensó dos veces en adoptar la verticalidad dignamente, el vano intento  de vivir lo que  suponía un triste inicio de un fin de semana; aquel jueves pasado era un lastre demasiado pesado, consecuencias, inclinaciones suicidas en cada trago, cada calada, cada nota del Jazz, cada estrella fugaz, cada flash de Nick en su mente.

El sol iluminaba desde lo más alto el edificio 52 de Greenwitch Village, la actividad de la calle 8 comenzaba a ser incesante, frenética. Nick Turner había recibido un aviso por radio minutos antes de dirigirse a almorzar en compañía de Benny,  compañero de patrulla aquella semana:
“Mujer caucásica de entre 25 y 30 años, área Greenwitch, posible 10-56, acordonen zona a la altura del 52 de la calle 8”.
Tras días de incesante lluvia, una emergente luminosidad se apoderaba de un apartamento vacío, el humo de los vehículos que se iban aproximando al  cuerpo sin vida pegado al asfalto de Alice Shilton escalaba ocho plantas penetrando a través del único ventanal, ahora sin cristal que impidiese discernir entre lo pasado y el presente de un alma torturada de pasión, mientras las primeras notas de Miles, se erigían en el improvisado réquiem del desaliento.