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20 de mayo de 2016

...LECCIÓN DE ALEMÁN


SIPNOSIS


Siggi Jepsen es un joven que se encuentra ingresado en un reformatorio. Como castigo, tiene que escribir una redacción en el que el tema ha de versar sobre “La alegría del deber”. Este ejercicio se extenderá más allá de lo que se espera, por voluntad propia. En él, Siggi, se remontará a su niñez, que se desarrolló durante la segunda guerra mundial, en un pueblo al norte de Alemania.


Siegfried Lenz
1926, Ełk, Polonia
2014, Hamburg, Alemania





(En agradecimiento a B. Paulmann)




19 de mayo de 2016

...Bossa Beguine

Live at the Jazz Standard, June 16th, 2009. Marian Petrescu (piano), Andreas berg (guitar), David Finck (bass), Mark McLean (drums).

...BENITO PÉREZ GALDÓS 1918



«Como usted ve, nada de esto merece que se le cuente al público; se lo digo por carecer de otras noticias de más valor, o porque las de verdadero interés son de un carácter privado y reservado, al menos por ahora y en algún tiempo».







...Continuous musiC




"One of the truly great experiences of life, where the soul seemed to transcend into an experience close to what the mystics described .... it is beautiful music, magnificently played ..."






Cloud no. 81 por Lubomyr Melnyk













18 de mayo de 2016

Humo

Y
hasta que
volvamos a mimarnos,
que de tus labios nazcan palabras de amor.




...DESALIENTO


La luz nueva penetró por la única ventana del apartamento mostrando el apagado cigarrillo enredado entre sus finos y temblorosos dedos al  tiempo el viento de Miles hacía rato que dejó de girar en el estéreo. Alice se había quedado dormida después de una noche infame, el plan se fue al traste sin más, sin culpables ni rencores, una decepción más en la mochila de las tristezas, y siempre los mismos argumentos para justificarse ante su conciencia. El delgado cuerpo de bailarina de Alice quedaba enredado del mismo modo  entre las arrugadas sábanas, inmóvil, casi inerte, entretanto, la ciudad despertaba al otro lado, tan cercana como lejana, tan accesible como violenta, tan sugerente como despectiva hacia los inadaptados como ella. El  regreso a Port Arthur, Texas presentaba evidencias, presagiaba su proximidad más de lo esperado, pero ahora solo quería dormir, no pensar pues no era el momento, demasiado alcohol en las venas para mortificarse gratuitamente. La octava planta del 52 de la calle 8 oeste de Nueva York, en Greenwitch Village, se había convertido en una celda durante las últimas semanas. Nick se encargó de todo el asunto con el alquiler,  las últimas clases de danza antes del verano eran las peores y debía estar concentrada para las pruebas calificadoras, pero eso tampoco ahora  importaba, Nick desapareció de su vida como por arte de magia y, sin rastro de él durante los dos últimos días, el monólogo nocturno terminó con el desmembramiento mental al que contribuyen mil cigarrillos y una botella de vodka.
Cortinas corridas que dejaron ver las estrellas del cielo americano hacía pocas horas, pasaron a delatar el polvo acumulado sobre los viejos muebles baratos de aquel cuadrilátero unipersonal.
Conoció a Nick en Queens, en una de esas barbacoas de domingo que organizan los agentes de policía, Christine le pidió que la acompañase, y simplemente se dejó llevar a modo de distracción, y entonces apareció el sargento Nicholas Turner con su irresistible presencia y cinco meses de aquello, cinco meses en los que todas las situaciones posibles tuvieron cabida, no fue un romance, ni siquiera un flirteo: acabó siendo un despropósito en toda regla.
Las sirenas de la urgencia penetraban a través de los cristales. Tan incesante estruendo hizo que Alice se revolviera  sobre sí buscando el inútil acomodo de su incipiente malestar, pensó dos veces en adoptar la verticalidad dignamente, el vano intento  de vivir lo que suponía un triste inicio de un fin de semana; aquel jueves pasado era un lastre demasiado pesado, consecuencias, inclinaciones suicidas en cada trago, cada calada, cada nota del Jazz, cada estrella fugaz, cada flash de Nick en su mente.

El sol iluminaba desde lo más alto el edificio 52 de Greenwitch Village, la actividad de la calle 8 comenzaba a ser  frenética. Nick Turner había recibido un aviso por radio minutos antes de dirigirse a almorzar en compañía de Benny,  compañero de patrulla aquella semana:
“Mujer caucásica de entre 25 y 30 años, área Greenwitch, posible 10-56, acordonen zona a la altura del 52 de la calle 8”.
Tras días de incesante lluvia, una emergente luminosidad se apoderaba de un apartamento vacío, el humo de los vehículos que se iban aproximando al  cuerpo sin vida pegado al asfalto de Alice Shilton escalaba ocho plantas penetrando a través del único ventanal, ahora sin cristal que impidiese discernir entre lo pasado y el presente de un alma torturada de pasión, mientras las primeras notas de Miles, se erigían en el improvisado réquiem del desaliento.





c rubén S A



...Don't explain





DON'T EXPLAIN
(Billy Holiday / Arthur Herzog Jr.)

Ahora calla
no expliques
no hay nada que ganar
doy gracias por tu regreso
No expliques

Calla, no expliques
no hay nada que ganar
omite el lápiz de tus labios
no expliques

Sabes que te amo
y lo que el amor supera
todos mis pensamientos
son para ti
porque soy completamente tuya

No quiero escuchar
a los amigos parlotear
porque te conozco
bien o mal no importa

Cuando estas conmigo
mi amor..

Calla ahora, no expliques
no hay nada que ganar
solo doy gracias
por tu regreso
No expliques








17 de diciembre de 2015

...Nadie conoce a nadie


Una prueba solidaria ajena nos señala y nos marca. ¿Sabremos responder? Quizá, aunque lo más probable es que cambiemos de canal, de acera, de conversación...De ese modo nos sentiremos un poco más vacíos y la resignación se apoderará de nosotros, considerándonos victimas una vez más. De repente, apelamos a nuestras prioridades buscando una absurda justificación que nos hace aún más despreciables. Sin embargo, el causante de todo ese desasosiego, ese maldito individuo que acaba de dinamitar un día que prometía ser placentero, ha tenido que hacerlo. Ha tenido que joder el día a todos y cada uno de los espectadores. Ha tenido que abrir de par en par la ventana de la vergüenza. Esa tras la que miramos de reojo cada vez que la conciencia nos domina, implacable. ¡Que se vaya el misionero a las misiones! ¡Aquí no le necesitamos! ¡Que nos deje con nuestras miserias!¡Habría que lincharle! Así no es la vida, así es como la hemos construido.


30 de noviembre de 2015

...El peso leve de Parménides


Su vida se desmoronaba día a día. El  inminente futuro carecía de sentido alguno, pues no le iba a hacer sentirse vivo. Ni tan siquiera satisfecho. Y era consciente de este hecho. Toda aquella espiral de situaciones imprevisibles, aquella montaña rusa en que se había convertido su triste existencia minaba la dañada cordura que en otros tiempos quizá rindiese a pleno rendimiento. Reflexionó acerca de esto último escarbando en su memoria sorprendiéndose de lo avanzada que se había tornado la sociedad desde su infancia. ¿Podría ser esto uno de los motivos de su propia decadencia? Buceo en el pasado. Realmente nunca había estado enamorado; no tuvo verdaderas amistades, ni siquiera de familia; tampoco despuntó un talento natural ni le atrajo una materia a desarrollar. Observó que ciertamente nunca había tenido una postura firme acerca de la política o la religión, sin raíces, de sentimientos nómadas siempre interiorizados... Presa del anti-existencialismo  aunque lejos del desánimo, optó por el auto-engaño quizá para evitar ser señalado y condujo por el carril correcto. Recordó sus momentos más felices guardados como un tesoro al que acudía solo brevemente. Ahora se sentía más individual que nunca.

28 de junio de 2015

...IRREVERSIBLE

No tener la capacidad de identificar las emociones propias es terrible, pero asimilar esporadicamente esta patología, desequilibra aún más si cabe la salud mental.

Nunca se tiene la certeza en las innumerables toma de decisiones que se nos presentan a diario.
Afecta la gestión natural de la vida y te impide ver más allá del presente.
Como un niño que acaba de descubrir que tiene 40 o 50 años.
Inconscientemente, se evitan situaciones extremas por temor a una reacción desconocida pero que asoma una virulencia desproporcionada.
El concepto de la realidad llega a ser nulo y la importancia justa otorgada a los aparentes problemas es voluble.
La pérdida de memoria acelera el proceso de la enfermedad hasta la inexistencia.



20 de diciembre de 2013

No hay sombra en el espejo

No es la primera vez que escribo mi nombre,
Renato Valenzuela,
y lo veo como si fuera de otro, 
alguien lejano con el que hace tiempo perdí contacto.
En otras ocasiones, frente al espejo, 
cuando termino de afeitarme, 
veo un rostro que apenas reconozco, 
como si fuera un borrador o una caricatura de otro rostro, 
al que estoy más o menos habituado. 
Entonces pienso que esa mirada no es la mía, 
que esas pupilas de rencor no me conciernen, 
que esas arrugas pertenecen a otra máscara, 
que esos fiordos de calvicie 
no se corresponden con mi geografía capilar. 
Es cierto que tales dispersiones suelen ser momentáneas, metamorfosis que duran lo que un suspiro, 
pero siempre me dejan inestable, desasosegado, indefenso. 
Es por eso, Renato Valenzuela, que tal vez 
haya llegado el momento de ajustar nuestras cuentas. 
Con el tiempo, con el pasado, con las heridas, 
con las promesas, contigo / conmigo. 
Todas.
No caigamos en la vulgaridad de achacarle todo lo ignominioso a la borrosa infancia. 
Allá quedó, detrás de la neblina. 
Mis recuerdos se dejan ver a través de un vidrio esmerilado llamado memoria. 
Te veo desnudo en el campo, 
bajo una lluvia que no discriminaba, 
los flacos brazos en alto, 
gozando de esa felicidad inaugural, 
que por cierto no volvería a repetirse, 
al menos con esa intensidad.
Te veo niño, 
asombrado ante el raro espectáculo del peoncito que fornicaba (vos creías que jugaba) con alguna oveja, pasiva e inerte, por supuesto ausente de aquella violación antirreglamentaria. 
Tu adolescencia fue un sueño. 
Soñabas incansablemente y cuando por fin yo despertaba vos seguías soñando. 
Con bosques, con olas, con pechos, con soles, con hambres, con manos, con muslos. 
Tus sueños eran de deseo y mis vigilias eran de censura.
A menudo surge algún sabio de pacotilla, 
capaz de asegurar que el espejo siempre es honesto. 
Mierda de honesto. 
El espejo es un farsante, un traidor, un ladino. 
Ese Renato Valenzuela que está ahí, mirándome socarrón, pálido de tanto insomnio, 
es un remedo frágil de mí mismo, un facsímil sin sangre, 
una cosa. 
¿Dónde está, por ejemplo, el latido de mis sienes, el corazón rebosante de logros y fracasos, las manos que no son garras sino proveedoras de caricias?
La estampa del espejo es lo que no quise ser: un fantoche gastado que convoca a la muerte. 
Por esos falsos ojos circulan escombros de deseos, 
que ya ni siquiera puedo vislumbrar y menos aún rememorar. Ese Renato Valenzuela es un epílogo del Renato Valenzuela que digo ser. 
Que soy. 
¿O no? 
¿O será acaso, este yo de carne y hueso, el pobre duplicado del que se mueve en esa luna? 
Dijo el poeta: "El mar como un vasto cristal azogado/ refleja la lámina de un cielo de zinc". 
Ese Renato de cristal azogado reflejará la nada de mi cielo de zinc?. 
O acaso estará más cerca de lo que dice en la estrofa siguiente: "El sol como un vidrio redondo y opaco/ con paso de enfermo camina al cenit?"
¿Dónde está, en esa copia servil que es el espejo, 
el veinteañero aquel que sedujo a Irene, 
o sea el seducido por Irene, 
el que tembló como una vara cuando ella lo enlazó con sus brazos de enigma?. 
¿Dónde quedó el que besó y besó aquel cuerpo indescriptible, 
se sumergió cándido en él, feliz sin asumirse, 
volado en el amor?
No hay sombra en el espejo. 
La sombra es de los cuerpos, no de las imágenes. 
Mi hijo Braulio tiene seis años de sombra. 
Nunca lo pongo frente al espejo, para que no la pierda. 
Irene, en cambio, ya no tiene imagen. 
Ni sombra. 
Se la llevó el espanto. 
Hay finales de paz, de dolor, de inercia, también de espanto. 
El suyo fue de espanto. 
Sin embargo, en los ojos del espejo no está su muerte. 
En los ojos de mí mismo sí lo está. 
Es imposible desalojarla, omitirla, extraviarla.
Mi hijo me mira con los ojos de Irene. 
Un río de tristeza circula por mis venas, 
pero me he olvidado de llorar. 
Con mis ojos y con los del espejo. 
A Braulio no lo traigo al espejo para que no se gaste, 
para que no empiece, tan niño, a envejecer, 
para que siga mirando con los ojos de Irene.
Aclaro que todo esto es de un pasado. 
Reciente, pero pasado. 
Reconozco que hoy tuve una sorpresa. 
Como todas las mañanas me enfrenté al espejo y le hablé. 
Le hablé y le hablé. 
Creo que hasta le grité. 
De pronto advertí que la boca del espejo permanecía cerrada. Volví a hablar, lo insulté. 
Y nada. 
Sus labios no se movieron. 
Curiosamente, su mirada era de retroceso.
Entonces sentí que me inundaba un extraño regocijo, un esbozo de felicidad.
Y no era para menos. 
Por vez primera lo había dejado mudo. 
Por vez primera lo había derrotado. 
Inapelablemente.

Mario Benedetti 
  "Buzón de tiempo".                           


29 de noviembre de 2013

...La Idiotez

(*) A veinte pasos del patíbulo […] creía  que sólo le quedaban cinco minutos de vida, nada más. Decía que esos cinco minutos le habían parecido una eternidad, una inmensa riqueza; se le antojaba que en esos cinco minutos viviría tantas vidas que no tenía por qué pensar en el último momento, de modo que tenía tiempo bastante para tomar varias medidas: calculó el tiempo necesario para despedirse de sus camaradas y había previsto que para ello necesitaba dos minutos; luego tendría dos minutos  más para pensar por última vez en sí mismo y, finalmente, un minuto para echar una postrera mirada a su alrededor. […] después de despedirse de sus camaradas, llegaron los dos minutos que se había reservado para pensar en sí: sabía de antemano en qué iba a pensar: quería representarse lo más pronto y claramente posible cómo era que ahora, en ese momento mismo, existía, estaba vivo, y dentro de tres minutos sería solamente algo […] pero decía que en ese instante nada era más penoso que la idea pertinaz: «¿Y si no muriese? ¿Y si volviese a la vida? ¡Qué eternidad!¡Y todo eso sería mío! Entonces haría de cada minuto un siglo entero, no perdería nada, llevaría la cuenta exacta de cada minuto y no malgastaría uno solo!»
[…]
     […] ¿Qué hizo después con toda esa riqueza? ¿Llevó la «cuenta» de cada minuto?
    ¡Oh, no! Él mismo me lo dijo… yo se lo pregunté… No vivió ni remotamente así y malgastó muchos minutos”

No por casualidad Myshkin es un príncipe en una época en que la aristocracia amaga claros signos de decadencia en Rusia. Es además un enfermo que ha pasado toda su infancia recluido en la casa rural de un médico suizo filantrópico dedicado a su enfermedad, la epilepsia, hasta lograr hacer remitir casi todos los síntomas y en especial los ataques. Obligado a abandonar este bucólico medio a causa de una carta procedente de San Petersburgo donde se le anuncia que se ha convertido en heredero de un familiar remoto y desconocido, Myshkin acude a la ciudad para comprobar la veracidad de la carta y recibir, si es el caso, la herencia. El periplo se inicia cuando Myshkin viaja en el tren que le lleva a San Petersburgo: el primer día de vida urbana, que coincide con el de su vida adulta, está tan cargado de impresiones y acontecimientos que su relato abarca una tercera parte de la novela.
A lo largo de este primer día, el príncipe Myshkin conoce a todos los personajes que le acompañarán durante el resto de su andadura y ante todos ellos, además de ante el lector, se presenta como un enfermo de idiotez en vías de curación. Curiosamente Myshkin conoce en ese primer día a varios enfermos: a un individuo enfermo de celos, a un general enfermo de indolencia, a su mujer enferma de ceguera, a una de sus hijas, Aglaya, enferma de arrogancia, a una mujer cautivadora pero enferma de orgullo llamada Natasha, a un joven tan insignificante como presuntuoso enfermo de resentimiento que exhibe su tuberculosis para hacerse perdonar sus impertinencias,  a un enfermo de usura que merodea en torno a todos estos personajes a la espera de la ocasión propicia para la extorsión,… 
En ocasión de estas nuevas amistades Myshkin exhibe desde el comienzo unas formas que desconciertan, fascinan e indignan según la ocasión a quienes le acaban de conocer. Pero a medida que avanza la novela y todos los personajes que le rodean empiezan a abusar de la buena fe del idiota, nos convencemos de que Myshkin es sin duda moralmente superior, puesto que la mezquindad ajena nunca consigue corromperlo sino sólo ensombrecerlo, o entristecerlo, aunque también lo convierten en alguien menos infantil de lo que había sido durante las primeras horas en San Petersburgo. Pero lo que parece más difícil de comprender es cómo consigue el príncipe eludir la maldad mientras la mezquindad de quienes le rodean aumenta de manera escandalosa al estrecharse su relación, hasta arrastrarle, en la última parte de la novela, a un auténtico descenso a los infiernos o, por lo menos, a las profundidades de la miseria y la abyección humanas. Y ésta es, precisamente, la cuestión: cuál es el secreto de Myshkin, en qué consiste su obstinada idiotez.
Durante el primer día de vida en San Petersburgo Myshkin revela ante los Yepanchin, la familia del general, una significativa historia que, según él mismo confiesa, le obsesiona. Esta historia contiene, junto con otro episodio, una clave para entender en qué consiste la virtud del príncipe y por qué es calificada por Dostoyevski de idiotez. Se trata del relato de un conocido que, tras haber estado a punto de ser ejecutado por un error judicial, sobrevivió y pudo explicarle cómo fueron los minutos de vida antes de la ejecución. (*)


No es extraño que a Myshkin le obsesione esta historia porque a pesar de ser un idiota es un tipo inteligente y bastante suspicaz. Su idiotez no afecta tanto a su capacidad de penetración intelectual o reflexiva cuanto a su comportamiento. Pero cuando el príncipe se entrega a este relato, al inicio de la novela, no es posible aún percibir hasta qué punto es elocuente. Sólo cuando la novela se aproxima a su final la verdad que encierra la experiencia del condenado a muerte resulta casi ineludible. Y es que, al desplegarse la trama –un  cúmulo de desatinos, deliberados unas veces y fortuitos otras, a partir de los que se va urdiendo la desgracia—  alcanzamos a ver la situación de los personajes en perspectiva y reparamos en su lamentable parecido con la del condenado a muerte: todos actúan desesperadamente, movidos en ocasiones por la conciencia de que cualquier cosa que pueda hacerse es inútil puesto que hay tan poco tiempo y ninguna recompensa más que la muerte; y en ocasiones embriagados por la sensación de ser los dueños absolutos de un tiempo de vida que les resulta un don excesivo, que les exige una responsabilidad que no están en condiciones de asumir.  Todos ellos actúan a sabiendas de que no hay una segunda oportunidad, de que esta vida es, como los últimos minutos de un condenado, lo único de que disponen: muy poco, porque una vida son apenas unos pocos años, porque sólo disponen de esos pocos años; demasiado, porque en esta vida hay que hacerlo todo, porque no hay una segunda vida donde vivir mejor.
Aunque la incorruptibilidad de Myshkin parece evocar la figura de Cristo, el príncipe es tan mortal, tan humano, como cualquiera de los personajes que le rodean. Sin embargo, a diferencia de ellos, no actúa de manera desesperada o angustiada, como si el hecho de ser un condenado, de padecer, como todos ellos, la enfermedad mortal, no alterara su comportamiento. El idiota elude el mal porque se sabe condenado a muerte, porque no olvida nunca que tal vez no exista una siguiente oportunidad para enmendar los errores. En este sentido es, a diferencia de sus amigos, de una seriedad extrema, pues abraza cada situación como si fuera la primera y la última, como si fuera decisiva, en lugar de dejarse arrastrar por la corriente y tomar una decisión apresurada confiando en acertar en otra vida o, tan sólo, al día siguiente.
Sin embargo es precisamente esta absoluta seriedad del idiota la que no parece humanamente sostenible. Como cualquier otro hombre, el idiota desea y, en algunas ocasiones incluso, desea cosas que no son compatibles. Su seriedad le impide negar estos deseos encontrados pero, por otra parte, afirmarlos simultáneamente tiene consecuencias indeseadas para él, como por ejemplo el sufrimiento de otro. Los efectos de la prudencia con que Myshkin dirime su deseo para evitar equivocarse o cometer una injusticia habían podido presentirse en el hecho de que el idiota no parecía escoger a sus amigos sino tan sólo dejarse rodear de quien quisiera acercarse a él. Pero se dejan ver con toda claridad en el momento en que, instado por Aglaya y Natasha a escoger entre una de ellas, Myshkin se siente incapaz de resolver entre su deseo de salvar la vida a una mujer a la que admira y que, sin él, acabará suicidándose o seguirá prostituyéndose, y su deseo por otra mujer que le atrae y le conviene. Incapaz de resolver, al fin, entre su sentido del deber y su sentido del placer. O, más sencillamente, incapaz de escoger. El idiota confía en poder trascender la inherente miseria de su condición humana hic et nunc. Pero parece que la única manera de conseguir evitar lo inevitable, a saber, el error o la maldad, es “colocarse antes de la alternativa”, igual que el seductor de Kierkegaard.
La finitud es una condición lamentable porque está indisociablemente unida a la temporalidad y ésta, a su vez, no puede sino abocar al error: no hay perspectiva que abarque todos los puntos de vista y que pueda ser, por lo tanto, perfectamente equilibrada y justa. Toda perspectiva es, por definición, sesgada,  parcial, errónea. Y sin embargo, para los seres finitos sólo hay perspectiva. Pero el idiota es incapaz de asumir esta determinación de su condición y de aceptar, por lo tanto, que puesto que es humano es preciso escoger e, inevitablemente, equivocarse. En este sentido Dostoyesvki tiene toda la razón al bautizar  al príncipe  como idiota: no por cuanto sea un pobre iluso, que no lo es, sino porque confía en poder librarse de la miserable condición a la que pertenece, la finitud, a fuerza de eludir el discernimiento, la elección. Pero por otra parte, como no es en absoluto un idiota en el sentido vulgar del término, es capaz de comprender que la opción de colocarse antes de la alternativa, es decir, la pasividad o la inacción, ni siquiera evita el mal sino que, al final, abre una nueva y tortuosa vía de sufrimiento. En su afán de comprenderlo todo y de perdonarlo todo, de observar el mundo desde un punto de vista más que humano, acaba convirtiéndose en un monstruo para la persona a la que ama. Y con razón un conocido le interroga un poco antes de que enloquezca “¿Adónde llegará usted con su compasión la próxima vez?”. El idiota debe admitir al final que la elección es, al mismo tiempo que la causa del error, la única manera de evitar el mal.
Es muy posible que sea la conciencia de este atolladero irresoluble la responsable de que Myshkin se suma al final de la novela en la locura, en una idiotez radical e irreversible que le impide discernir siquiera entre las personas conocidas y los desconocidos. Sin embargo, lo que no está demasiado claro es si la locura, o la idiotez, es para Dostoyevski la única vía posible de beatitud o si, por el contrario, representa el fracaso del irredento sueño de una vida humana lograda.

Elisenda Julibert
Barcelona, 8 de febrero de 2006





19 de septiembre de 2013

Reflex

No sufro mas por mi locura, esa que tantas desgracias me enseñó y ahora vive evitando a mi conciencia.

4 de septiembre de 2013

...Un experimento feliz.


(Introducción al método, seguimiento y conclusión)

PARTE PRIMERA

Vamos a establecer una escala de valores respecto de la tan deseada felicidad lograda durante el transcurso de la vida de un ser humano del 1 al 3 y del mismo modo estableceremos en orden inverso la respectiva escala descendente o negativa, es decir, desde el -1 hasta el -3, siendo el cero el punto de partida neutro que equivaldría al momento en que un feto desarrolla en el vientre materno los sentidos naturales que irán proporcionándole los habituales estados de ánimo. En el momento de su nacimiento ya podría haberse alterado nuestro baremo, pero se trataría únicamente de las conjeturas inherentes a la biología, materia esta de la que en principio optaremos por no plantear.
La idea inicial, radica en determinar las fases de la vida que va a ir consumiendo nuestro pequeño amigo desde diferentes puntos de vista tales como la genética o la espiritualidad. Para ello, deberíamos hacer un seguimiento paralelo con otros casos, opuestos entre sí, gracias a la hasta ahora diversidad de sociedades actuales. Un profundo análisis del individuo frente a sus semejantes y frente a su habitat. La historia nos revela que la evolución generalizada del hombre ha sido demasiado pobre, con retrocesos incluídos, tanto a nivel individual como colectivo, con objetivos tan reconocibles como el poder, la riqueza material, la fama universal, la plenitud moral o el disfrute más absoluto de la existencia.


Quienes a lo largo de los siglos nos precedieron, han contribuido en modo alguno a lo que nos hemos encontrado nosotros cuando nacemos, lo que vemos, lo que utilizamos o de lo que podemos aprender, como por ejemplo, que la ciencia o la religión no siempre ha contribuido en favor de la humanidad, o mejor, que en ocasiones han caído en las manos menos adecuadas. Por otro lado, durante los últimos doscientos años, algunas mentes preclaras  desarrollaron teorías filosóficas iniciadas en la antigua Grecia y aplicaron aquellas bases a su tiempo, lo cual explica la anti-evolución a la que refiero anteriormente.

Pero volvamos a nuestro particular estudio. Con un adecuado psicoanálisis durante las primeras fases del correspondiente desarrollo mental, adquirido en situaciones clave que le plantea la vida, el individuo ha podido experimentar distintas emociones: Su capacidad natural de asimilar tales emociones le permitirán interiorizarlas de forma más o menos drástica. Ahí interviene su entorno más cercano.
De todos los mamíferos del  planeta, al nacer, el hombre es quien más tiempo necesita de los cuidados maternos; un protectorado que, en el caso de alargarse en demasía, habría influido irremisiblemente en el posterior devenir de este, alterando sustancialmente su personalidad, su futuro y en consecuencia, el resultado del estudio. 

Esto es solo un ejemplo de los continuos cambios a los que está expuesto el individuo, siendo enriquecedor a todas luces y lo atractivo de la vida, de lo que ésta le puede ofrecer o vetar en función del azar o del destino.
Siendo "La Felicidad" el objetivo, pongamos que durante el siempre entrañable período de la infancia se podría llamar CURIOSIDAD, la fugaz adolescencia le otorgaría matices más hormonales, siempre tan incontrolables ,que le llevarían por la más ridícula de las decisiones, llamémosle PASION; para el paso a una etapa más madura y por lo tanto, decisiva, buscaríamos algo más sugerente: INCERTIDUMBRE. Tras esta última y una vez definida, se daría paso a la DEDICACION, al AMOR, al SACRIFICIO, a la SATISFACCION, la REFLEXION...  aunque desafortunadamente no siempre es así. Tras estos titulares existen otros menos deseables, pero presentes en mayor o menor medida: LOS MIEDOS.

Ahora que tenemos algo más estructurado el camino, hemos de tener en cuenta el carácter que define al individuo. Tan dificil es conocer al extrovertido como al introvertido. SU felicidad no ha de ser obligadamente otras divinamente estandarizadas. SU felicidad es SU deseo, pero ha de saber que la ausencia de éste aleja el camino que lleva a aquella. Cuestión de equilibrio. 

Tengamos en cuenta por tanto,que los planes de futuro del individuo ayudan a tener un presente medianamente responsable, es decir, sacrificio a cambio de un objetivo. Sin embargo, es el presente y la intensidad con que lo viva lo que perdurará y recordará. Esto establecerá con mayor verosimilitud unos resultados más concretos acerca de sus niveles de Felicidad.
En definitiva, sería relativamente fácil deducir con cierto criterio desde un prisma autorizado. No siendo este el caso, podríamos atrevernos a evaluar al menos una nota media de los resultados definitivos.
En primer lugar deberíamos aclarar que ningún premio seduce más como el de una vida plena y aprovechada al límite. A grandes rasgos y sin matices.

El CERO (0) constituye la intrascendencia. Lo banal, el miedo, la ignorancia por la seguridad, lo criticable por lo criticado, la educación conservadora por una planificación monárquica. Quizá el valor más extendido y en su mayoría, muy a su pesar.

El UNO (1) lo disfrutaron aquellos "granujas" a los que su naturalidad, empatia y carisma les abrió las puertas de lo desconocido. Sus momentos de hundimiento son los más introspectivos y dolorosos pero siempre resurgen de sus cenizas.

El DOS (2) equivale a unas aptitudes naturales que convergen entre la serenidad y la valentía. Aprender de errores pasados, no arrugarse ante la adversidad y explotar la inteligencia de quien apuesta casi sobre seguro.

El TRES (3) no concede fisuras a la vista. Obviamente, se trata de una referencia. Supo sobreponerse rápidamente en los momentos más difíciles al tiempo que sus virtudes tapaban cualquier duda. Un privilegiado.

El UNO NEG. (-1) es feliz todos los dias. De otro modo, qué dirían de él. Vive la vida de los otros. Algo huraño y resignado a lo que le dió la vida, no valora lo que tiene sin desear lo ajeno.

El DOS NEG. (-2) tuvo mala suerte. Tan mala que se daba de bruces con ella todos los dias. Sabía que si algo malo iba a pasar, corría a provocarlo por si no ocurría, siendo peor la posterior situación.

Su momento más feliz fue el dia en que nació. Después llegó la decadencia.

El -TRES  NEG. (-3) tenía días. Los más activos solía dormir alrededor de 18 horas. A pesar de ser el gran devoto de su venerada religión, tenia los pecados capitales repartidos a lo largo de la semana. Difícilmente comprendía por que la gente reía y se divertía. ¡Aquello si era un pecado sin indulgencia posible!

Amén del tono sarcástico-inquisitorial del asunto por parte de quien suscribe un relato que demanda el I+D necesario, he de decir sin temor a equivocarme que el humor es la fuente más fiable para ser feliz.